jueves, 27 de febrero de 2014

La Santa Inquisición (I). El nacimiento.

Hace unos días estuve en una exposición sobre los aparatos de tortura utilizados por la Inquisición y tuve la oportunidad de acercarme un poquito más a su historia, sus motivaciones, sus objetivos y su funcionamiento. 

Aunque de esta información está plagada la red, me apetece plasmar lo más importante de la información que pude recoger. Lo voy a  hacer en varios capítulos por comodidad mía y de quien quiera dedicar un ratito a leer sobre este tema.

Lo primero para entender esta institución y el apoyo social que tenía es trasladarnos a la baja Edad Media, época en la que se creía sin lugar a dudas en un Dios, un cielo, un infierno y en la rendición de cuentas por nuestra vida terrenal.

El fundamento de la sociedad y del Estado era la religión, y esta última constituía la base del ordenamiento político y jurídico.

En un Estado católico, el monarca estaba obligado a defender la fe verdadera, por lo que tenía derecho y obligación de dictar normas penales contra quien alterase la unidad religiosa.

En la Edad Media, la herejía era un delito realmente repudiado por la sociedad civil y una amenaza para el poder de la Iglesia y su persecución llevo a la clandestinidad a buena parte de la población, que abrazaba la fe, pero en secreto continuaban con los ritos propios de sus religiones.

En este contexto y ante el creciente número de herejes, en 1184, el papa Lucio III, en el Concilio de Verona dispuso que los obispos efectuaran una inquisición (investigación) en aquellos lugares donde se sospechase que hubiera herejes. Esta fue la semilla que daría lugar a la creación definitiva del Tribunal de la Fe.


Pasó casi un siglo y las cosas, lejos de mejorar, parecía que empeoraban, de manera que el papa Inocencio III, con el apoyo de los monarcas y nobles católicos, hizo llamamientos a los herejes para que se arrepintieran, pero no dio los frutos esperados y en 1209 convocó una cruzada contra ellos que duraría 20 años.


Estas cruzadas, apoyadas por las labores de investigación del clero, fueron un éxito, pero para los obispos suponía un cúmulo de tareas inalcanzables. 

Mientras esto sucedía, la Orden de Frailes Predicadores (los dominicos) se dedicó prácticamente a perseguir la herejía por toda Europa occidental, por lo que los obispos delegaron en ella la mayor parte de la labor inquisitorial.

Así las cosas, Gregorio IX concedió tres bulas (1231-1233) que marcarían la estructura definitiva de La Inquisición, nombrando Inquisidores pontificios que actuaban allí donde se sospechaba que existía herejía.


Y finalmente, en 1252, el papa Inocencio IV dicta la bula pontificia Ad extirpanda que autorizaba oficialmente la tortura como método para obtener confesiones y para apartar de la senda del mal a los herejes. La Santa Inquisición definitivamente estructurada ahora quedaba definitivamente dotada de poder.

martes, 4 de febrero de 2014

Manifestaciones, activistas, Gobierno, poder, UIP...

Voy a simplificar la ecuación, quitando de ella a los cuatro niñatos con las caras tapadas, ganas de correr y de quemar contenedores y a los cuatro miembros de la UIP que puedan cometer abusos, porque si los incluyo estaría desviando el tema de lo realmente importante.

Todo activista (incluyendo en esta categoría, por dar un sentido muy amplio a la palabra, a toda aquella persona que acude a una manifestación convocada) lucha por o contra una causa, al menos, que cree justa. 

En los tiempos que corren, nos encontramos con miles de manifestaciones al año, pero solo algunas de ellas salen en los medios de comunicación, curiosamente, suelen ser aquellas que terminan con cargas policiales, porque está claro que nada de lo que se reivindica tiene eco si no hay "carnaza" de por medio, cuestión, que tal vez, si me apetece, trate otro día.

La secuencia suele ser: se convoca manifestación, se realiza manifestación, se acaba la manifestación y, al final, las cargas.

Bien, empecemos por el principio, sin perder de vista, en ningún momento, que estamos en un Estado de Derecho, es decir, la ley está para ser cumplida por todos y existen mecanismos para hacerla cumplir llegado el caso.

El derecho a manifestarse está regulado en nuestra Constitución (norma suprema) dentro de los derechos fundamentales, es decir, su aplicación es directa y está especialmente protegido. Por otro lado, también nuestra CE dice, que estas reuniones deben ser comunicadas previamente cuando se vayan a realizar en lugares públicos. Posteriormente, una ley orgánica establece una serie de requisitos mínimos para garantizar el orden y la seguridad ciudadana en estos casos.

Es decir, los activistas que quieran convocar una manifestación deben comunicarlo a la Delegación del Gobierno o Subdelegación correspondiente, indicando hora de inicio, hora de finalización, recorridos y cuántos aspectos sean de interés para que por parte de la autoridad pública se pueda garantizar la seguridad y el perfecto desarrollo de la reunión.

El problema comienza cuando, dada la situación actual, un gran sector de la sociedad cree y padece que el sistema está viciado, que no cumple los objetivos que le son propios y que el poder está fuertemente corrompido, que no son escuchados y que su parte de soberanía, también proclamada en la Constitución, está siendo vilmente vilipendiada. En ese momento, la desobediencia civil cobra fuerza, para una gran mayoría es la única vía para que se produzca un cambio que consideran real y justamente necesario, lo consideran, firmemente, el único camino para recuperar o mejorar la situación.

Sirva lo anterior de introducción para lo que realmente quiero expresar en estos párrafos.

Hasta ahora han pasado dos cosas en las manifestaciones que han terminado con cargas. O bien se han comunicado y una vez pasada la hora de finalización, la gente ha continuado en el sitio de reunión o, directamente, no se han comunicado oficialmente. Ambos casos, son actos de desobediencia civil, que, como ha demostrado la Historia a lo largo de los siglos, es una manera efectiva de recuperar o conseguir derechos arrebatados por el poder. De manera, que es muy probable que en un futuro tengamos mucho que agradecer a todas estas personas.

Para mí, el problema comienza cuando los "desobedientes civiles" no asumen que lo que están haciendo, por mucho que sea por un bien futuro, está fuera de la legalidad o, peor aún, cuando sufren las consecuencias, empiezan con los lloriqueos, es que nos pegan, es que nos desalojan, es que nos multan, es que nos detienen...es que...es que...

Cuando estás luchando contra un sistema y lo haces fuera de las reglas establecidas, tienes que dar por hecho y concienciarte de que la lucha va a ser larga y de que vas a tener que sufrir consecuencias. 

Para muchos de estos activistas, Gandhi, Mandela y otros, son verdaderos ejemplos a seguir, pero solo en lo que han conseguido, no en el cómo. Ellos, con una gran fortaleza y determinación, lucharon contra un sistema y cuando éste les azotaba, no lloraban, nunca pretendieron que el "enemigo" les tratara bien, sabían que no lo haría y por eso, se levantaban una vez de tras de otra y continuaban con su lucha y con sus consecuencias.

Y ahora, me traslado al otro lado, me voy a la parte del poder. No olvidemos, que aunque los que están arriba se pasen las leyes por la entrepierna, están ahí para garantizar su cumplimiento y que nuestra propia Constitución les da las herramientas necesarias.

Si un Gobierno de una nación permite la desobediencia civil, el único resultado posible es una anarquía, refiriéndome a su segunda acepción "Desorden, confusión o barullo por ausencia o flaqueza de una autoridad". 

Así que, en mi opinión, como es todo lo anterior, es muy legítimo y más que conveniente, que una vez que el horario de la manifestación ha terminado o cuando ésta no es comunicada, llegado un punto, la disuelva. Y no nos engañemos, no pasan cinco minutos y sin más se lían a pegar a todo el mundo, intentar que parezca que es eso lo que pasa es intentar engañar tanto como el poder. 

Normalmente pasa mucho tiempo y no es  hasta que empiezan los primeros disturbios cuando la UIP entra en acción, aguantando previamente la insolencia y mala educación de la gente, cuando no se convierten en diana de botes y otros objetos y, se puede decir, que va en el sueldo, muy mal pagado esto desde luego, de manera que no lo digo como justificación de nada, solo como dato.

Y lo mejor de todo es cuando tras sufrir insultos, escupitajos o botellazos, no olvidemos que detrás de cada uniforme hay una persona, se les pide, cuando no se les exige, que como ciudadanos que son (parece que eso solo se tiene en cuenta en este excepcional momento), que den la espalda a su obligación, a su razón laboral de ser y que "se pongan de parte del pueblo", es decir, de quienes están incumpliendo una ley que, además, les agreden verbal y físicamente durante la manifestación y, posteriormente, durante horas y días, a través de las redes sociales.

Aún recuerdo el maravilloso momento en que durante los comienzos del 15M, manifestaciones ilegales pero pacíficas que buscaban la implicación de todo el mundo en la solución de un problema que nos afecta a todos, incluidas las personas que trabajan en la UIP, este compartamiento consiguió lo que ahora se pide, que estas personas a las que también les han bajado el sueldo y subido los impuestos, tuvieran el gesto de quitarse los cascos, un hecho simbólico, pero muy importante.

Queridos activistas, hay en países que la policía hace ese grandísimo y valiente gesto más a menudo, pero es en aquellos, detalle que se os olvida, en el que los respetan y verdaderamente los tratan como conciudadanos, los respaldan, no como aquí.

Y por último, una simple observación, los activistas tienen tanto derecho a manifestarse publicamente durante el tiempo que soliciten, como aquel sector de la ciudadanía que no comparte esas reivindicaciones a circular por esas vías...estáis luchando por algo justo, lo veo así, pero tanto respeto debéis solicitar vosotros, como darlo y la falta de esto último, es el principal motivo de mi desencanto general, con "los de arriba" y con "los de abajo".

domingo, 2 de febrero de 2014

La decepción...

No puedo evitar pensar que la frase "me ha decepcionado" está mal construída y se debe a un mal hábito: echar la culpa a terceros de nuestros errores.

Normalmente "nos decepcionan" personas sobre las que ponemos unas expectativas demasiado altas y, también normalmente, esto se produce mucho antes de llegar a conocer sus virtudes y defectos.

En la mayor parte de los casos el modus operandi de la decepción es el siguiente: Tengo una necesidad, conozco a una persona, pongo mis esperanzas, expectativas, confianza, lo que sea, de cubrirla en ella, ella no la cubre y entonces me decepciona.

El más claro ejemplo lo encontramos en los políticos. En las próximas elecciones voy a elegir a un partido, con un dirigente que no voy a conocer, pues lo conocido no me vale. Si cumple mis expectativas habré acertado, si no las cumple habré errado en mi elección, pero no diré que me ha decepcionado. Diré que me equivoqué. Él no tiene la culpa de lo que yo espero o quiero que haga.

Creo que el único secreto es no esperar de los demás lo que nosotros decidimos que deben darnos o como deben ser, la gente es como es y que esperemos de ella algo más de lo que en realidad puede dar, es un problema propio, no de esa persona.

Y para los que estéis pensando en "ya, pero me dijo tal y cual" y después hizo todo lo contrario, a eso se le llama engañar, no decepcionar. En ese caso, simplemente nos han mentido y si eso nos decepciona es porque antes de conocerla y saber si es mentirosa o no, hemos preferido creer que no lo es y por tanto, esperar que no lo haga.

En definitiva, nadie está obligado a nada respecto a nosotros y eso es una máxima que ayuda a agradecer lo que nos dan, porque no lo vemos como una obligación y a respetar el derecho del resto a no dar, así como comprender que tampoco nosotros estamos obligados a nada.

Desde que entiendo así el mundo, dejo entrar a toda persona que se me acerca al recibidor, me esfuerzo en conocerla y cuando más o menos he visto lo que hay, entonces decido si la dejo pasar a mi casa o limito sus visitas al recibidor, eso cuando no la despido amablemente...

No me he vuelto a sentir decepcionada y sin embargo, sí muy agradecida, un sentimiento bastante más reconfortante, todo sea dicho.